• Pansophia Project

Usaron videochat y plataformas de gestión del aprendizaje. ¡Qué risa!

Actualizado: 18 ago 2021

Mariano Narodowski

Insolente y pansophiano

@aceleredu


Cuando llegó la pandemia del covid-19 y todas las escuelas del mundo se cerraron, en la primera de las 11 tesis para una pedagogía del contra-aislamiento, los pansophianos advertíamos:


Si el mismo virus se hubiera desatado 20 años antes, -y sabemos que 20 años no es nada -el COVID-99 nos hubiera encontrado en cuarentenas con radio, TV por cable, conexiones a internet mayormente por vía telefónica (para la minoría conectada) y celulares de tapita. Sin plataformas, sin redes sociales, sin videos on demand, sin series por streaming ni videollamadas y con una web que apenas despertaba.


Es decir, la aceleración de la tecnología digital aplicada y/o aplicable a la educación fue exponencialmente brutal en los últimos años y la desescolarización en pandemia la puso en evidencia: la tecnología escolar del siglo XVII dio lugar, por motivos de fuerza mayor, a la visibilización de plataformas, videochats y audiochats sumado al desarrollo de software educativo específico con formato gamificado, herramientas adaptativas para la auto instrucción, videos temáticos y muchos más.


Si bien es cierto que en 2020-2021 los sectores sociales de menores recursos económicos –especialmente de los países no desarrollados- han sufrido el impacto de la falta de una buena conexión a internet y de dispositivos adecuados en cantidad y calidad, no menos cierto es que en 1999 era impensable la penetración de dispositivos y conectividad que hoy se observa en estos sectores


Este es un fenómeno interesante y que normalmente pasa desapercibido. En 1988, en una presentación televisiva, Isaac Assimov (el gran escritor de ciencias ficción) aseguraba que en un futuro próximo muchas personas iban a acceder a una computadora personal. No los pobres que no tienen acceso a agua potable -advertía- pero sí los sectores con mejor nivel de vida.


Al contrario de esta predicción, para una familia pobre de un país latinoamericanos es mucho más accesible un celular inteligente nuevo, con características más o menos avanzadas y con una conexión a Internet razonable que al agua limpia distribuida en redes domiciliarias: una verdadera quimera para estas mayorías excluidas.


Un cálculo sencillo termina de completar el panorama: en la Argentina: un smartphone de segunda línea pero de una marca líder, nuevo, liberado, con 16 GB de RAM y 16GB de memoria, con dos cámaras pantalla HD+ de 5.3 pulgadas tiene un valor de mercado de 87 dólares, lo que equivale a 676 litros de agua envasada en bidón (la más barata del mercado) que debiera usarse para consumir y cocinar.


Es decir, la predicción de Assimov no se efectivizó porque el desarrollo socioeconómico y el abaratamiento de los dispositivos y la conectividad no corren parejos: el mercado tech tiene una capacidad inclusiva mucho mayor que la capacidad estatal de brindar agua, el elemento esencial para la calidad de vida y la salud de la población.


Esta aceleración tecnológica nos permite también corroborar lo que explicamos en otros textos: estamos en la prehistoria de la tecnología digital aplicada a la educación y es muy razonable suponer que la desescolarización, o formas mestizas de educación que conjuguen tecnología escolar con tecnología digital, está cada vez más cerca en su generalización


Para que no me acusen de invocar el apocalipsis, siempre hace falta decir que lo anterior no supone “proponer” la desescolarización. Los grandes cambios por venir en la educación no van a ser un efecto de “propuestas” en términos políticos, sino que van a materializarse como efecto de la mejora, la generalización y el abaratamiento de las tecnologías digitales que desafiarán la eficiencia y la efectividad de la tecnología escolar así como el teléfono celular desafió al teléfono fijo. Es claro que la política reacciona negativamente frente a este proceso como un termostato obstinado que quiere bajar la temperatura de los cambios. Mi visión es que el capital –nos guste o no- arrasa con esos termostatos por medio de procesos de destrucción creativa.


Las escuelas no son “naturales”; son una tecnología. En todo caso pueden verse como un medio para alcanzar la idea pansophiana de que todo el saber humano es para todos los seres humanos. Por tanto, así como los celulares de tapita, el fax, los manuales enciclopédicos o la vara del maestro para azotar a sus alumnos van directo al museos de grandes novedades, otras tecnologías educacionales podrán acoplarse a la escolar y posiblemente a sustituirla en su formato moderno.


¿Cuando? No lo sabemos. De lo que estoy seguro que para la pandemia 2039 nos causarán gracia el recuerdo de cómo habíamos usado Google Classroom y Zoom para enseñar en 2020-21.


Espero estar para reírme.